CONFESIÓN DE FE

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Fe
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¿Por qué tenemos una confesión de fe?

La distinción entre órdenes doctrinales se debe a que no todas las verdades bíblicas tienen el mismo peso para la salvación, la comunión eclesial y la convivencia cristiana. En la siguiente declaración desglosamos los artículos entre doctrinas fundamentales y secundarias, en estos últimos consideramos que puede existir diversidad de pensamiento y no afecta nuestra forma de hacer iglesia.

Confesion de Fe

Doctrinas Fundamentales

La fe cristiana se sustenta en verdades centrales reveladas por Dios en las Sagradas Escrituras. Estas doctrinas fundamentales no son invención humana ni tradiciones cambiantes, sino la enseñanza clara y permanente de la Palabra de Dios. En ellas la Iglesia, desde los tiempos de los apóstoles hasta hoy, ha confesado lo esencial de la vida y la salvación en Cristo. Estas verdades nos unen al pueblo de Dios de todos los tiempos y lugares, nos guardan de errores y falsas enseñanzas, y nos guían a vivir para la gloria de Dios.

Doctrina de la Escritura

Artículo 1

Creemos que la Biblia es la Palabra de Dios escrita, inspirada por el Espíritu Santo y puesta por escrito a través de hombres escogidos en la historia. Por eso la recibimos no como palabra humana, sino como voz viva de Dios que habla hoy a su pueblo (2 Timoteo 3:16–17; 2 Pedro 1:20–21; Jeremías 30:2; Hebreos 1:1–2).

Artículo 2

Creemos que la Biblia tiene autoridad suprema en todo lo que enseña. Ninguna tradición, persona o institución puede colocarse por encima de la Escritura, porque ella procede de Dios mismo. La aceptamos y obedecemos como norma segura de fe y de vida (Isaías 8:20; Mateo 4:4; 1 Tesalonicenses 2:13; Juan 17:17).

Artículo 3

Creemos que la Biblia es verdadera y confiable en todo lo que afirma. No contiene error en aquello que Dios quiso comunicarnos, ya sea en lo espiritual, lo moral o lo histórico. Porque Dios es veraz y su Palabra permanece firme (Números 23:19; Juan 10:35; Salmo 19:7–9; Tito 1:2).

Artículo 4

Creemos que la Biblia es suficiente: en ella encontramos todo lo necesario para conocer a Dios, recibir salvación en Cristo y vivir como discípulos fieles. No necesitamos nuevas revelaciones ni tradiciones humanas que la complementen o la corrijan (Deuteronomio 4:2; 2 Timoteo 3:15; Gálatas 1:8; Apocalipsis 22:18–19).

Artículo 5

Creemos que el canon de la Escritura está compuesto por los 66 libros del Antiguo y Nuevo Testamento. Los demás escritos, aunque puedan ser útiles en lo histórico, no forman parte de la Palabra inspirada y no tienen autoridad sobre nuestra fe (Lucas 24:44; Romanos 3:2; Hebreos 1:1–2; Apocalipsis 22:18–19).

Artículo 6

Creemos que la Biblia debe leerse con atención a su contexto y con la guía del Espíritu Santo, reconociendo que su mensaje central es claro: llevarnos a Cristo. Las partes más difíciles deben estudiarse con humildad y oración, buscando la enseñanza del conjunto de la Escritura, y no imponiendo un pasaje sobre otro de manera forzada (Salmo 119:105; Juan 16:13; Hechos 17:11; 2 Pedro 3:16).

Artículo 7

Creemos que cuando la Escritura es predicada fielmente, Dios mismo habla a su Iglesia. Por eso recibimos la predicación con reverencia y gratitud, reconociendo que la Palabra sigue siendo viva y eficaz para transformar vidas (Nehemías 8:8; Romanos 10:17; 1 Pedro 1:23–25; Hebreos 4:12).

Doctrina de Dios y la Trinidad

Artículo 8

Creemos que hay un solo Dios verdadero, vivo y eterno. Él no tiene principio ni fin, existe por sí mismo y no depende de nadie. Es espíritu, invisible, inmortal e infinito en poder, sabiduría, justicia, amor y santidad (Deuteronomio 6:4; Salmo 90:2; Juan 4:24; 1 Timoteo 1:17).

Artículo 9

Creemos que Dios es perfecto en todos sus atributos. Es inmutable y siempre fiel en sus promesas; es justo y no pasa por alto el pecado; es bueno y misericordioso, mostrando compasión a quienes se acercan a Él. Nada escapa de su conocimiento ni de su control, porque gobierna todas las cosas con sabiduría y poder (Malaquías 3:6; Salmo 139:1–4; Isaías 46:9–10; Éxodo 34:6–7).

Artículo 10

Creemos que este único Dios existe eternamente en tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. No son tres dioses, sino un solo Dios en tres personas que comparten la misma esencia, gloria y majestad (Mateo 28:19; Juan 1:1–3; 2 Corintios 13:14; Hebreos 1:8).

Artículo 11

Creemos que el Padre es la fuente de toda vida y de toda bendición. Él planeó desde la eternidad la salvación de su pueblo y sustenta cada cosa creada (1 Corintios 8:6; Efesios 1:3–6; Hebreos 1:3; Santiago 1:17).

Artículo 12

Creemos que el Hijo es Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, enviado para redimirnos con su vida, muerte y resurrección. Él es el único mediador entre Dios y los hombres, y reina con autoridad sobre toda la creación (Juan 1:14; Colosenses 1:15–20; 1 Timoteo 2:5–6; Apocalipsis 1:17–18).

Artículo 13

Creemos que el Espíritu Santo es verdadero Dios, eterno con el Padre y el Hijo. El Padre lo da, y Jesucristo lo envía a su Iglesia para convencernos de pecado, consolarnos y guiarnos en toda la verdad. Él aplica en nosotros la obra de Cristo, nos asegura la vida eterna y fortalece a la Iglesia hasta el regreso del Señor (Juan 14:26; Juan 16:7–13; Romanos 8:14–16; Efesios 1:13–14).

Artículo 14

Creemos que todo lo que Dios hace tiene como fin supremo su propia gloria. Por eso nuestra mayor vocación es conocerlo, amarlo y adorarlo, viviendo cada día para la alabanza de su nombre (Isaías 43:7; Romanos 11:36; 1 Corintios 10:31; Apocalipsis 4:11).

Doctrina de Cristo

Artículo 15

Creemos que Jesucristo es el Hijo eterno de Dios, verdadero Dios y verdadero hombre, unidos en una sola persona sin confusión ni división. En el cumplimiento de las Escrituras, fue concebido por el Espíritu Santo y nació de la virgen María, tomando nuestra humanidad para salvarnos (Juan 1:1,14; Mateo 1:18–23; Hebreos 2:14–17; Filipenses 2:6–8).

Artículo 16

Creemos que Cristo vivió una vida perfecta, sin pecado, obedeciendo en todo la voluntad de su Padre. De esta manera cumplió la justicia que nosotros no podíamos cumplir y se ofreció como el Cordero sin mancha en favor de su pueblo (Hebreos 4:15; 1 Pedro 2:22–24; Isaías 53:4–6; Romanos 5:18–19).

Artículo 17

Creemos que en la cruz murió de manera sustitutoria, cargando la culpa de los pecadores y derramando su sangre para reconciliarnos con Dios. Su sacrificio es único, completo y suficiente, y no necesita añadidos humanos (Romanos 3:24–25; 2 Corintios 5:21; Hebreos 10:10–14; Juan 19:30).

Artículo 18

Creemos que al tercer día resucitó corporalmente de entre los muertos, venciendo al pecado, al diablo y a la muerte, y garantizando así nuestra esperanza de vida eterna (Mateo 28:5–6; 1 Corintios 15:20–22; Romanos 6:9–10; Apocalipsis 1:17–18).

Artículo 19

Creemos que ascendió al cielo y fue exaltado a la diestra del Padre, desde donde gobierna todas las cosas como Rey de reyes y Señor de señores. Allí intercede constantemente por los creyentes como nuestro gran Sumo Sacerdote y Mediador (Hechos 1:9–11; Efesios 1:20–23; Hebreos 7:24–25; Romanos 8:34).

Artículo 20

Creemos que Jesucristo es el único camino de salvación. No hay otro mediador entre Dios y los hombres, ni otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en el que podamos ser salvos (Juan 14:6; Hechos 4:12; 1 Timoteo 2:5–6; Colosenses 1:19–20).

Artículo 21

Creemos que un día regresará en gloria y majestad para juzgar a vivos y muertos, y para establecer su reino eterno de justicia y paz. Los que creen en Él entrarán en la vida eterna, y los que le rechazan quedarán bajo condenación (Mateo 25:31–32; Hechos 17:31; 2 Tesalonicenses 1:7–10; Apocalipsis 22:12–13).

Doctrina del Ser Humano y del Pecado

Artículo 22

Creemos que Dios creó al hombre y a la mujer de manera directa y especial, a su imagen y semejanza, con dignidad única sobre toda la creación. En el principio fueron creados santos, justos y con verdadero conocimiento de Dios, para vivir en comunión con Él y para ejercer como mayordomos de la tierra (Génesis 1:26–27; Génesis 2:15; Efesios 4:24; Salmo 8:4–6).

Artículo 23

Creemos que el propósito original del ser humano fue glorificar a Dios, amarlo y obedecerlo, disfrutando de su presencia para siempre. La vida humana encuentra su sentido en reflejar el carácter de Dios y en vivir en dependencia de Él (Isaías 43:7; Miquea 6:8; Deuteronomio 10:12–13; 1 Corintios 10:31).

Artículo 24

Creemos que por la desobediencia de Adán y Eva, nuestros primeros padres, la humanidad cayó en pecado. Como cabeza representativa, Adán transmitió a toda su descendencia una naturaleza corrompida y culpable delante de Dios (Génesis 3:6–19; Romanos 5:12–19; 1 Corintios 15:21–22; Salmo 51:5).

Artículo 25

Creemos que la imagen de Dios en el ser humano no fue destruida por completo, pero sí quedó dañada y distorsionada. Seguimos siendo portadores de la imagen de Dios, pero esa imagen requiere ser renovada por el Espíritu a través de Cristo (Génesis 9:6; Santiago 3:9; Efesios 4:22–24; Colosenses 3:9–10).

Artículo 26

Creemos que el pecado no es solamente actos aislados, sino una condición que afecta todo nuestro ser: mente, voluntad, emociones y cuerpo. El corazón humano está inclinado al mal y es incapaz de agradar a Dios sin la obra de su gracia (Jeremías 17:9; Romanos 3:10–12; Efesios 2:1–3; Tito 3:3).

Artículo 27

Creemos que por causa del pecado estamos separados de Dios, bajo su justa condenación, y destinados a la muerte física y espiritual. Toda la creación sufre también las consecuencias del pecado humano, sujeta a corrupción y dolor (Romanos 6:23; Efesios 2:3; Génesis 3:17–19; Romanos 8:20–22).

Artículo 28

Creemos que el ser humano, en su estado caído, es incapaz de salvarse a sí mismo ni de buscar a Dios por sus propias fuerzas. Necesitamos totalmente de la gracia de Dios, manifestada en Jesucristo, para ser perdonados, restaurados y transformados (Juan 6:44; Romanos 8:7–8; 1 Corintios 2:14; Efesios 2:8–9).

Doctrina del Espíritu Santo

Artículo 29

Creemos que el Espíritu Santo es verdadero Dios, la tercera persona de la Trinidad. No es una fuerza impersonal, sino Señor y dador de vida, que actúa con sabiduría, voluntad y amor. Todo lo que hace está en perfecta unidad con el Padre y el Hijo (Hechos 5:3–4; 1 Corintios 2:10–11; 2 Corintios 3:17; Efesios 4:30).

Artículo 30

Creemos que el Espíritu Santo obra en la salvación, convenciendo al mundo de pecado, justicia y juicio, y produciendo en nosotros el nuevo nacimiento. Es Él quien abre el corazón para recibir la Palabra de Dios con fe y arrepentimiento, aplicando los beneficios de la obra de Cristo (Juan 3:5–6; Juan 16:8–9; Hechos 16:14; Tito 3:5).

Artículo 31

Creemos que el Espíritu Santo mora en cada creyente desde el momento de su conversión, santificándolo día a día y transformándolo a la imagen de Cristo. Él nos fortalece para luchar contra el pecado, da testimonio de que somos hijos de Dios y nos consuela con la esperanza de la vida eterna (Romanos 8:13–16; 1 Corintios 6:19–20; 2 Corintios 3:18; Efesios 1:13–14).

Artículo 32

Creemos que el Espíritu Santo guía al pueblo de Dios en toda verdad. Él ilumina nuestra mente para entender las Escrituras y nos recuerda las palabras de Cristo, obrando siempre en perfecta armonía con la Palabra escrita y nunca en contradicción con ella (Juan 14:26; Juan 16:13; 1 Corintios 2:12–13; 2 Timoteo 3:16–17).

Artículo 33

Creemos que el Espíritu Santo da dones a la Iglesia para su edificación y testimonio. Él capacita a los creyentes para servir con amor, produce unidad en el cuerpo de Cristo y nos da poder para anunciar el evangelio hasta los confines de la tierra (Hechos 1:8; 1 Corintios 12:4–7; Efesios 4:3–4; Gálatas 5:22–23).

Artículo 34

Creemos que el Espíritu Santo preserva y sostiene a la Iglesia hasta el regreso de Cristo. Él es nuestro Consolador y garante de la herencia eterna, asegurándonos que la buena obra que Dios comenzó será perfeccionada hasta el día de Jesucristo (Juan 14:16–17; Filipenses 1:6; Efesios 1:13–14; Apocalipsis 22:17).

Doctrina de la Salvación

Artículo 35

Creemos que la salvación es un regalo de la gracia de Dios, planeada desde la eternidad y dada en Cristo Jesús. No nace de obras humanas ni de méritos propios, sino solo del amor y la voluntad de Dios (Efesios 1:3–6; 2 Timoteo 1:9; Efesios 2:8–9; Tito 3:5).

Artículo 36

Creemos que Dios escogió en Cristo, antes de la fundación del mundo, a un pueblo para ser santo y sin mancha delante de Él. Esta elección es incondicional, no depende de lo que el hombre pueda hacer, sino de la gracia soberana de Dios (Romanos 9:11–16; Efesios 1:4–5; 2 Tesalonicenses 2:13; Hechos 13:48).

Artículo 37

Creemos que Jesucristo, el Hijo de Dios, aseguró la salvación de los elegidos con su vida perfecta, su muerte en la cruz y su resurrección gloriosa. Su obra es completa y suficiente, y no necesita añadidos humanos (Hebreos 10:10–14; Juan 19:30; 2 Corintios 5:21; 1 Pedro 3:18).

Artículo 38

Creemos que el Espíritu Santo llama eficazmente a los que el Padre ha escogido, abriendo sus corazones para responder en fe y arrepentimiento. El evangelio se anuncia a todos, pero los elegidos son atraídos con poder para creer (Juan 6:37, 44; Romanos 8:30; Hechos 16:14; 1 Tesalonicenses 1:4–5).

Artículo 39

Creemos que Dios justifica al pecador por medio de la fe en Cristo, declarando justo al que cree, no por obras, sino por la justicia de Cristo que le es imputada (Romanos 3:24–28; Gálatas 2:16; Filipenses 3:9; Isaías 53:11).

Artículo 40

Creemos que los creyentes son regenerados por el Espíritu Santo, recibiendo nueva vida, y responden en conversión genuina: arrepentimiento del pecado y fe en Cristo Jesús (Juan 3:5–6; Tito 3:5; Hechos 2:38; 2 Corintios 5:17).

Artículo 41

Creemos que en Cristo somos adoptados como hijos de Dios, con todos los privilegios y derechos de una familia espiritual, siendo guiados por el Espíritu y recibiendo su testimonio de que somos de Dios (Juan 1:12; Romanos 8:15 –16; Gálatas 4:6–7; 1 Juan 3:1).

Artículo 42

Creemos que el Espíritu Santo santifica a los creyentes, transformándolos a la imagen de Cristo, produciendo frutos de justicia y haciéndolos capaces de luchar contra el pecado y vivir en obediencia (1 Tesalonicenses 4:3; Gálatas 5:22–23; 2 Corintios 3:18; Romanos 8:13–14).

Artículo 43

Creemos que los que han sido verdaderamente salvados perseverarán hasta el fin, porque Dios los guarda con su poder y cumplirá la obra que comenzó en ellos (Juan 10:28–29; Filipenses 1:6; 1 Pedro 1:5; Judas 24).

Artículo 44

Creemos que un día seremos glorificados: nuestro cuerpo será resucitado y transformado, y viviremos eternamente en la presencia de Dios, libres del pecado y de toda corrupción (Romanos 8:30; 1 Corintios 15:52–53; Filipenses 3:20–21; Apocalipsis 21:3–4).

Artículo 45

Creemos que Jesucristo es el único camino de salvación. Ningún otro nombre puede salvar, y todo intento de añadir méritos humanos, sinergismo, evangelio de prosperidad o auto-superación niega la suficiencia de Cristo (Juan 14:6; Hechos 4:12; Gálatas 1:8–9; 1 Timoteo 2:5).

La Iglesia

Artículo 46

Creemos que la Iglesia es el pueblo de Dios, el cuerpo de Cristo y el templo del Espíritu Santo. No es una institución humana cualquiera, sino la comunidad de quienes han sido llamados por Dios a la salvación en Cristo, unidos en todo tiempo y lugar. Por eso confesamos que la Iglesia es una, santa, universal y enviada al mundo (Efesios 2:19–22; 1 Corintios 12:12–13; 1 Pedro 2:9; Efesios 4:4–6).

Artículo 47

Creemos que la Iglesia se manifiesta de dos maneras: como Iglesia invisible, compuesta por todos los verdaderos creyentes elegidos por Dios; y como Iglesia visible, formada por congregaciones locales donde el pueblo de Dios se reúne en torno a la Palabra y a las ordenanzas de Cristo (Hebreos 12:22–23; Mateo 18:20; Hechos 2:41–42; 1 Corintios 1:2).

Artículo 48

Creemos que las marcas de una iglesia fiel son tres: la predicación clara y fiel de la Palabra de Dios, la observancia de las ordenanzas que Cristo nos dejó, y el cuidado mutuo de la vida de la comunidad, corrigiendo y animando en amor cuando alguno se aparta (Hechos 2:42; 2 Timoteo 4:2; Mateo 28:19–20; Gálatas 6:1–2).

Artículo 49

Creemos que Cristo instituyó dos ordenanzas para su Iglesia: el Bautismo y la Cena del Señor. El Bautismo es la señal de nuestra unión con Cristo y de entrada visible en la comunidad de fe (Mateo 28:19; Romanos 6:3–4; Hechos 2:38–39; Gálatas 3:27). La Cena del Señor es una recordación viva del sacrificio de Cristo y una proclamación de su muerte hasta que vuelva. Es un momento de comunión con Cristo y con los hermanos en la fe (1 Corintios 11:23–26; Lucas 22:19–20; 1 Corintios 10:16–17; Juan 13:34).

Artículo 50

Creemos que Cristo es la única cabeza de la Iglesia, y que Él gobierna a su pueblo por medio de su Palabra y de los líderes que ha establecido: pastores/ancianos y diáconos, llamados a servir en amor y fidelidad (Colosenses 1:18; Hechos 14:23; 1 Timoteo 3:1–13; 1 Pedro 5:2–3).

Artículo 51

Creemos que la misión de la Iglesia es glorificar a Dios en la adoración, anunciar el evangelio a toda criatura, formar discípulos que vivan en obediencia a Cristo, practicar la comunión fraterna y servir al mundo con amor y buenas obras (Mateo 28:18–20; Hechos 1:8; Efesios 4:11–16; Hebreos 10:24–25).

Artículo 52

Creemos que el Espíritu Santo da vida, unidad y diversidad a la Iglesia, distribuyendo dones para la edificación mutua y produciendo frutos de santidad en los creyentes. La Iglesia debe velar por su pureza y vivir en unidad, manteniendo siempre el vínculo del amor en Cristo (1 Corintios 12:4–7; Efesios 4:3–4; Juan 17:20–21; Colosenses 3:14).

Artículo 53

Creemos que un día la Iglesia será presentada como la esposa pura de Cristo en la gloria eterna. En ese día perfecto, el pueblo de Dios vivirá para siempre en la presencia del Señor, en comunión plena y sin mancha ni pecado (Efesios 5:25–27; Apocalipsis 21:2–3; 1 Tesalonicenses 4:16–17; Apocalipsis 22:3–5).

Últimas Cosas

Artículo 54

Creemos que Jesucristo volverá en gloria, de manera visible y corporal, en el tiempo que el Padre ha establecido. Su regreso será único y definitivo, y marcará el cumplimiento de la historia y de las promesas de Dios (Hechos 1:11; Mateo 24:30; Tito 2:13; Hebreos 9:28).

Artículo 55

Creemos que cuando Cristo regrese habrá resurrección de todos los muertos. Los creyentes resucitarán para vida eterna y los incrédulos para condenación. Esta resurrección será real y corporal, no solo espiritual, y confirmará la victoria de Cristo sobre la muerte (Juan 5:28–29; 1 Corintios 15:52–53; Daniel 12:2; Romanos 6:5).

Artículo 56

Creemos que habrá un juicio final, en el cual Jesucristo juzgará a vivos y muertos con justicia perfecta. Cada persona dará cuenta delante de Dios, y nadie podrá escapar de su veredicto. Los creyentes serán reconocidos por su fe en Cristo y los frutos de esa fe, y los incrédulos recibirán condenación justa por su rechazo a Dios (Mateo 25:31–32; Hechos 17:31; Romanos 14:10–12; Apocalipsis 20:11–12).

Artículo 57

Creemos que los creyentes vivirán para siempre en la presencia de Dios, en cielos nuevos y tierra nueva, donde no habrá más muerte, ni llanto, ni dolor, porque todas las cosas serán hechas nuevas. En cambio, los que han rechazado a Cristo estarán separados eternamente de la presencia del Señor (Apocalipsis 21:1–4; Apocalipsis 22:3–5; 2 Tesalonicenses 1:8–9; Mateo 25:46).

Artículo 58

Creemos que esta esperanza nos llama a vivir en santidad, paciencia y confianza, esperando con gozo la venida de Cristo y el cumplimiento de todas las promesas de Dios. Mientras tanto, la Iglesia debe perseverar en fe, en amor y en buenas obras, sabiendo que el Señor no tarda en cumplir su palabra (1 Tesalonicenses 4:16–18; Filipenses 3:20–21; 2 Pedro 3:11–13; Hebreos 10:23–25).

Ética, Culto y Gloria de Dios

Artículo 59

Creemos que todo existe para la gloria de Dios, y que esta debe ser la meta suprema de la vida cristiana. Todo lo que hacemos, ya sea en palabra o en obra, debemos hacerlo para honrar y exaltar a nuestro Señor (Isaías 43:7; Romanos 11:36; 1 Corintios 10:31; Apocalipsis 4:11).

Artículo 60

Creemos que la vida ética del creyente nace de la gracia de Dios en Cristo. No obedecemos para ser salvos, sino porque ya hemos sido salvados. La ley moral de Dios sigue siendo una guía para nuestra vida, enseñándonos a amar a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mateo 22:37–40; Romanos 13:8–10; Gálatas 5:14; 1 Juan 5:3).

Artículo 61

Creemos que el culto verdadero pertenece solo a Dios y debe rendirse en espíritu y en verdad. No debemos adorar y celebrar según tradiciones humanas, sino conforme a lo que Dios ha mandado en su Palabra (Juan 4:23–24; Deuteronomio 12:32; Hebreos 12:28–29; Salmo 95:6).

Artículo 62

Creemos que el día del Señor es apartado para dedicarlo especialmente a Dios: nos reunimos como iglesia para oír su Palabra, orar, cantar y participar en las ordenanzas que Cristo instituyó. También es un día de descanso y de gozo en la presencia del Señor (Éxodo 20:8–11; Hechos 20:7; Apocalipsis 1:10; Isaías 58:13–14).

Artículo 63

Creemos que toda la vida del creyente es adoración a Dios. No solo el domingo, sino en el trabajo, en la familia, en el servicio y en cada decisión, estamos llamados a vivir de manera que refleje el carácter de Cristo (Romanos 12:1–2; Colosenses 3:17; 1 Pedro 2:12; Filipenses 2:14–16).

Artículo 64

Creemos que la Iglesia tiene un testimonio ético en el mundo: debe ser luz y sal, mostrando con hechos y palabras la justicia, el amor y la verdad de Dios. Rechazamos toda forma de relativismo moral cultural y afirmamos que la Palabra de Dios es nuestra norma final de conducta (Mateo 5:13–16; Miqueas 6:8; Efesios 5:8–10; 2 Timoteo 3:16–17).

Doctrinas Secundarias

Artículo 65

Creemos que además de las doctrinas fundamentales de la fe cristiana, existen enseñanzas que, aunque no definen la salvación, son importantes para la vida, la identidad y el orden de la iglesia. Estas doctrinas secundarias nos ayudan a organizar nuestra práctica de fe de manera clara y fiel a la Palabra de Dios. Reconocemos que hermanos en Cristo pueden diferir en estas áreas y, aun así, ser verdaderos creyentes. Por eso afirmamos estas convicciones con claridad, pero también con humildad y amor, buscando siempre la unidad en lo esencial y la caridad en lo secundario (Romanos 14:1,4; Efesios 4:2–6; Colosenses 3:14–15).

Bautismo

Artículo 66

Creemos que el bautismo es una ordenanza instituida por el Señor Jesucristo, por medio de la cual los que creen en Él confiesan públicamente su fe y declaran su unión con Cristo en su muerte y resurrección. Es un acto de obediencia que expresa lo que Dios ya ha hecho en el corazón del creyente (Mateo 28:19; Romanos 6:3–4; Colosenses 2:12; Hechos 8:36–37).

Artículo 67

Creemos que el bautismo simboliza el perdón de los pecados, la limpieza interior y el inicio de una nueva vida en Cristo. No salva por sí mismo ni confiere gracia automática, sino que apunta a la obra de Dios en el evangelio y se recibe por fe (Hechos 22:16; 1 Pedro 3:21; Tito 3:5; Efesios 2:8–9).

Artículo 68

Creemos que el bautismo debe administrarse a quienes profesan personalmente su fe en Jesucristo como Señor y Salvador. En nuestra práctica local entendemos que el bautismo es para los creyentes que han respondido al evangelio con fe y arrepentimiento (Hechos 2:38–41; Gálatas 3:26–27; Hechos 10:47–48; Hechos 16:31–33).

Artículo 69

Creemos que la forma externa del bautismo puede variar, pero lo central es el testimonio de fe y obediencia al mandato de Cristo. La iglesia participa en este acto como testigo y compañera de camino en la vida cristiana (Hechos 2:41–42; Hebreos 10:24–25; 1 Corintios 12:13).

Artículo 70

Creemos que, aunque distintas tradiciones cristianas practican el bautismo de maneras diferentes, este tema no define la salvación. Por eso mantenemos una actitud de respeto hacia quienes entienden el bautismo de otra manera, aun cuando afirmamos con claridad nuestra práctica de inmersión como iglesia local (Romanos 14:1,4; Efesios 4:4–6; Colosenses 3:14–15; Juan 13:34–35).

La Cena del Señor

Artículo 71

Creemos que la Cena del Señor es una ordenanza instituida por Jesucristo la noche en que fue entregado. En ella, los creyentes recordamos su sacrificio en la cruz, proclamamos su muerte y renovamos nuestra esperanza en su regreso glorioso (Mateo 26:26–29; 1 Corintios 11:23–26; Lucas 22:19–20; Marcos 14:22–24).

Artículo 72

Creemos que al participar del pan y del fruto de la vid. Proclamamos la obra redentora de Cristo de manera visible. No creemos que los elementos se transformen en el cuerpo y la sangre de Cristo, sino que son símbolos que nos llevan por la fe a la comunión con el Salvador y con su pueblo (Juan 6:35; 1 Corintios 10:16–17; Hebreos 9:28; Colosenses 2:17).

Artículo 73

Creemos que esta mesa está reservada para quienes confiesan a Cristo como Señor y Salvador. Cada participante debe acercarse con fe, arrepentimiento y autoexamen, reconociendo la seriedad de este acto y la necesidad de discernir el cuerpo de Cristo (1 Corintios 11:27–29; 2 Corintios 13:5; Romanos 14:23; Gálatas 2:20).

Artículo 74

Creemos que la Cena del Señor es una celebración comunitaria en la cual expresamos la unidad del cuerpo de Cristo. No es un acto privado, sino un testimonio público de fe compartida, donde nos fortalecemos unos a otros en el evangelio (Hechos 2:42; 1 Corintios 12:12–13; Efesios 4:4–5; Juan 13:34–35).

Artículo 75

Creemos que esta ordenanza debe celebrarse con reverencia, gratitud y gozo, hasta que el Señor venga. En ella miramos hacia atrás, recordando la cruz; hacia el presente, proclamando el evangelio; y hacia el futuro, esperando el banquete eterno en el Reino de Dios (Mateo 26:29; Apocalipsis 19:9; Tito 2:13; Filipenses 3:20–21).

Mesa el Señor: Admisión y Cuidado

Artículo 76

Creemos que esta mesa está reservada para quienes han puesto su fe en Jesucristo como Señor y Salvador. Entendemos que participar de la Cena no es un derecho automático, sino un privilegio que el Señor otorga a su pueblo redimido. Por eso invitamos a acercarse con fe viva y arrepentimiento sincero (Juan 6:35; Hechos 2:42; Romanos 5:1; Gálatas 2:20).

Artículo 77

Creemos que cada participante debe examinarse a sí mismo delante de Dios, reconociendo la seriedad de este acto. El autoexamen no significa perfección, sino venir con un corazón arrepentido y dispuesto a reconciliarse, evitando hacerlo de manera indigna o en pecado no confesado (1 Corintios 11:27–29; 2 Corintios 13:5; 1 Juan 1:9; Santiago 4:8).

Artículo 78

Creemos que la iglesia y los ancianos tienen la responsabilidad de instruir sobre el significado de la Mesa y de velar por su práctica ordenada. Este cuidado no es para excluir de manera arbitraria, sino para preservar la reverencia, la unidad y la edificación de la comunidad de fe (Hechos 20:28; Hebreos 10:24–25; 1 Pedro 5:2–3; Colosenses 3:16).

Artículo 79

Creemos que la Mesa del Señor es un acto comunitario, no individualista. Al participar juntos, damos testimonio de que somos un solo cuerpo en Cristo, llamados a vivir en amor y unidad. Por eso rechazamos tanto la indiferencia hacia los hermanos como las divisiones dentro de la iglesia (1 Corintios 11:18–22,33; Efesios 4:3–4; Filipenses 2:2; Juan 13:34–35).

Artículo 80

Creemos que la Mesa del Señor debe celebrarse con gozo, reverencia y gratitud, como una invitación del mismo Cristo a su pueblo. Es un anticipo del banquete eterno en el Reino de Dios y una fuente de ánimo para perseverar en la fe hasta que Él venga (Mateo 26:29; Apocalipsis 19:9; Hebreos 12:28; Tito 2:13).

Forma de Gobierno Eclesiástico

Artículo 81

Creemos que Jesucristo es la única cabeza de la Iglesia. Ningún líder humano, consejo o institución puede ocupar el lugar que le corresponde solo a Él. Toda autoridad en la Iglesia proviene de Cristo y se ejerce conforme a su Palabra (Colosenses 1:18; Efesios 1:22–23; Mateo 28:18–20; 1 Pedro 5:4).

Artículo 82

Creemos que Cristo gobierna su Iglesia por medio de la Escritura y la guía del Espíritu Santo. La Biblia es la norma suprema de fe y práctica, y el Espíritu capacita a su pueblo para discernir y obedecer la voluntad de Dios (2 Timoteo 3:16–17; Hechos 20:28; Juan 16:13; Santiago 1:22).

Artículo 83

Creemos que el liderazgo en la iglesia local está compuesto por ancianos varones, llamados a enseñar la Palabra, guiar espiritualmente y cuidar al rebaño, y por diáconos, llamados a servir en las necesidades prácticas y de misericordia. Ambos oficios deben ejercerse con humildad, integridad y fidelidad (Hechos 20:28; 1 Timoteo 3:1–13; Tito
1:5–9; 1 Pedro 5:2–3).

Artículo 84

Creemos que la congregación, como cuerpo de creyentes, tiene la responsabilidad de participar en la vida de la iglesia bajo la autoridad de Cristo. Esto incluye recibir y afirmar a nuevos miembros, tomar decisiones importantes, y confirmar con oración y discernimiento a los líderes de la comunidad (Hechos 6:3–6; Mateo 18:17; 2 Corintios 2:6; Gálatas 6:1–2).

Artículo 85

Creemos que la congregación es autónoma bajo el señorío de Cristo, pero está llamada a cooperar voluntariamente con otras congregaciones hermanas para el avance del evangelio, el cuidado mutuo y el testimonio común en el mundo (Hechos 15:2,22; 2 Corintios 8:1–4; Filipenses 1:5; Gálatas 2:9).

Artículo 86

Creemos que el liderazgo en la Iglesia no es dominio ni poder humano, sino servicio humilde siguiendo el ejemplo del Señor Jesús. Los que sirven como pastores y diáconos deben hacerlo no para ser servidos, sino para servir, velando por el bien de la congregación (Marcos 10:42–45; Juan 13:14–15; 1 Pedro 5:2–3; Hebreos 13:17).

Pacto y Administración del Pacto

Artículo 87

Creemos que Dios se ha relacionado con la humanidad a través de pactos, mostrando que la salvación es iniciativa de su gracia y no resultado del esfuerzo humano. Los pactos revelan el carácter fiel de Dios y nos enseñan que su propósito desde el principio ha sido reunir un pueblo para sí mismo (Génesis 9:9–11; Deuteronomio 7:9; Jeremías 31:31–33; Hebreos 8:6).

Artículo 88

Creemos que en el huerto del Edén Dios estableció un mandato de obediencia, y que al quebrantarlo, Adán introdujo el pecado y la muerte en toda la humanidad. Así, todos fuimos constituidos pecadores y quedamos necesitados de gracia (Génesis 2:16–17; Romanos 5:12–14; Oseas 6:7; 1 Corintios 15:21–22).

Artículo 89

Creemos que después de la caída, Dios anunció el evangelio en forma de promesa, al declarar que la simiente de la mujer vencería al maligno. A lo largo de la historia bíblica, este pacto de gracia fue revelado en diversas etapas hasta encontrar su cumplimiento pleno en Cristo Jesús, el mediador del nuevo pacto (Génesis 3:15; Gálatas 3:16; Hebreos 9:15; Lucas 22:20).

Artículo 90

Creemos que Jesucristo es el mediador y cumplimiento de todas las promesas de Dios. Su sangre selló el nuevo pacto, asegurando el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios para todos los que creen (Hebreos 8:6–12; Hebreos 10:16–18; Mateo 26:28; 2 Corintios 1:20).

Artículo 91

Creemos que los pactos incluyen tanto promesas como responsabilidades. Los creyentes, como pueblo de Dios, somos llamados a responder en fe y obediencia, guardando la Palabra del Señor y viviendo en santidad (Éxodo 19:5–6; Deuteronomio 10:12–13; Juan 14:15; 1 Pedro 2:9).

Artículo 92

Creemos que las ordenanzas del bautismo y de la Cena del Señor son señales visibles del nuevo pacto. El bautismo declara públicamente la unión con Cristo y la nueva vida en Él, y la Cena del Señor proclama su sacrificio hasta que vuelva. Ambas ordenanzas confirman la fe del creyente y fortalecen la comunión de la Iglesia (Romanos 6:3–4; Hechos 2:38–39; 1 Corintios 11:23–25; Colosenses 2:11–12).

Artículo 93

Creemos que, aunque distintas tradiciones cristianas han entendido de manera diferente la administración de los pactos, todos los verdaderos creyentes coinciden en que Cristo es el centro y la consumación de la historia de la redención. En Él, todas las promesas de Dios son sí y amén (Hebreos 1:1–2; Efesios 1:9–10; 2 Corintios 1:20; Apocalipsis 21:3).

Día del Señor y Prácticas de Culto

Artículo 94

Creemos que el culto pertenece solo a Dios. Él es digno de toda adoración, y la iglesia está llamada a reunirse para honrarlo en espíritu y en verdad, por medio de Cristo y en el poder del Espíritu Santo (Juan 4:23–24; Hebreos 12:28; Apocalipsis 4:11; Mateo 4:10).

Artículo 95

Creemos que el culto debe ordenarse conforme a la Palabra de Dios, evitando tradiciones humanas que lo desvíen de su propósito. La Escritura nos enseña los elementos esenciales del culto: la predicación de la Palabra a cargo de los ancianos, la oración, el canto congregacional, la celebración del bautismo y de la Cena del Señor, y la ofrenda voluntaria de los creyentes (Hechos 2:42; 1 Corintios 14:26,40; 2 Timoteo 4:2; Colosenses 3:16, 1 Tim 2:12-13).

Artículo 96

Creemos que el Día del Señor, el primer día de la semana, fue apartado de manera especial por la resurrección de Cristo. La iglesia primitiva se reunía ese día para escuchar la Palabra, orar y partir el pan. Por eso nos congregamos en domingo, no como carga, sino como un regalo de gracia y un anticipo del descanso eterno (Mateo 28:1; Hechos 20:7; 1 Corintios 16:2; Apocalipsis 1:10).

Artículo 97

Creemos que en nuestras reuniones debemos acercarnos con reverencia, gratitud y gozo. El culto no es un rito vacío ni un espectáculo humano, sino el encuentro del pueblo de Dios con su Señor, para darle gloria y ser edificados en la fe (Salmo 95:6; Hebreos 10:24–25; 1 Corintios 14:33; Filipenses 4:4).

Artículo 98

Creemos que, aunque el domingo tiene un lugar especial como día de reunión, toda la vida del creyente debe ser adoración. Nuestro llamado es a glorificar a Dios en cada aspecto de la vida: en el hogar, en el trabajo, en la comunidad y en todo lo que hacemos (Romanos 12:1–2; Colosenses 3:17; 1 Pedro 2:9; Mateo 5:16).

Artículo 99

Creemos que Dios es soberano sobre toda la creación. Desde la eternidad decretó todas las cosas según el consejo de su voluntad, y nada ocurre fuera de su plan sabio y perfecto. Sus decretos son inmutables y abarcan tanto lo grande como lo pequeño de la historia (Isaías 46:9–10; Efesios 1:11; Salmo 33:10–11; Daniel 4:35).

Artículo 100

Creemos que en su providencia, Dios sostiene y gobierna todas las cosas creadas. Él preserva la vida, dirige el curso de la naturaleza y de las naciones, y guía incluso los acontecimientos más sencillos para cumplir su propósito eterno. Ni siquiera un gorrión cae a tierra sin que Él lo permita, y aun los cabellos de nuestra cabeza están contados (Salmo 104:27–30; Mateo 10:29–30; Hebreos 1:3; Proverbios 16:9).

Artículo 101

Creemos que la soberanía de Dios no anula la responsabilidad humana. El mismo Dios que ordena los fines también establece los medios. Por eso, aunque todo acontece bajo su decreto eterno, los seres humanos son responsables de sus actos delante de Él. Esta verdad, que sobrepasa nuestra comprensión, se muestra claramente en la cruz de Cristo, donde el plan soberano de Dios se cumplió a través de las acciones libres y responsables de los hombres (Hechos 2:23; Génesis 50:20; Filipenses 2:12–13; Romanos 9:19–21).

Artículo 102

Creemos que todos los decretos de Dios tienen como fin la gloria de su nombre y el bien de su pueblo. A los que aman a Dios todas las cosas cooperan para su bien, porque Él los escogió en Cristo desde antes de la fundación del mundo para ser conformados a la imagen de su Hijo (Romanos 8:28–30; Efesios 1:4–6; 2 Tesalonicenses 2:13–14; 1 Pedro 1:2).

Artículo 103

Creemos que, aunque existen distintas formas de expresar estos misterios en la historia de la iglesia, debemos recibir esta doctrina con humildad, adoración y confianza. La soberanía de Dios nos da seguridad en medio de las pruebas, valor en la misión y esperanza firme en la consumación de su plan eterno (Salmo 115:3; Romanos 11:33–36; 2 Timoteo 1:9; Apocalipsis 21:3–5).

Escatología Detallada

Artículo 104

Creemos que Jesucristo volverá de manera visible y gloriosa al final de la historia, y que ese día marcará la resurrección universal, el juicio final y la consumación del plan de Dios. Estas son verdades seguras que la iglesia de todos los tiempos ha confesado con esperanza (Hechos 1:11; Juan 5:28–29; Apocalipsis 20:11–12; Mateo 25:31–32).

Artículo 105

Creemos que, entre la primera y la segunda venida de Cristo, el Señor reina ahora desde los cielos, y que su victoria en la cruz ha inaugurado el reino de Dios en el presente. En este tiempo la iglesia experimenta tanto la extensión del evangelio como la oposición del pecado y del maligno. Por eso afirmamos que el “milenio” de Apocalipsis 20 describe de manera simbólica el reinado de Cristo durante esta era, en la cual Satanás está limitado y el evangelio avanza hasta los confines de la tierra (Apocalipsis 20:1–6; Colosenses 1:13; Hebreos 2:14; Mateo 28:18–20).

Artículo 106

Creemos que al morir, los creyentes están conscientes en la presencia del Señor, gozando de su comunión, mientras esperan la resurrección final. Los incrédulos, en cambio, experimentan separación de Dios desde ese mismo momento. Aunque existen diferentes maneras de describir este estado intermedio, la Escritura nos asegura que los que están en Cristo están con Él, y los que lo rechazan están apartados de su gloria (Lucas 23:43; Filipenses 1:23; Apocalipsis 6:9–11; 2 Tesalonicenses 1:9).

Artículo 107

Creemos que el día final traerá la resurrección de todos, el juicio justo de Dios y la renovación completa de la creación. Los creyentes heredarán cielos nuevos y tierra nueva, donde no habrá más llanto, dolor ni muerte; los incrédulos recibirán condenación eterna por su rechazo a Cristo. Esta consumación es la esperanza firme de la Iglesia (Romanos 8:18–23; 2 Pedro 3:11–13; Apocalipsis 21:1–4; Mateo 25:46).

Artículo 108

Creemos que, aunque los cristianos han sostenido diferentes posiciones sobre el orden de los acontecimientos finales, lo central es la certeza del regreso de Cristo y el llamado a vivir en santidad, fe y esperanza mientras lo esperamos. Rechazamos las especulaciones que distraen del evangelio, y abrazamos la exhortación bíblica a velar, perseverar y permanecer firmes hasta el fin (Mateo 24:36; 1 Tesalonicenses 5:1–2; Tito 2:11–13; 2 Pedro 3:14).

Sacerdocio y Mediación (Prácticas)

Artículo 109

Creemos que Jesucristo es el único mediador entre Dios y los hombres. Él ofreció un sacrificio perfecto, suficiente y definitivo en la cruz, que quitó los pecados de su pueblo y abrió el camino al Padre. No necesitamos otro mediador, porque Cristo vive para interceder por nosotros en todo momento (1 Timoteo 2:5; Hebreos 7:24–25; Hebreos 9:15; Hebreos 10:12–14).

Artículo 110

Creemos que, por medio de Cristo, todos los creyentes tenemos acceso directo a Dios. No dependemos de sacerdotes humanos ni de rituales especiales para acercarnos a su presencia. Somos hechos un pueblo de sacerdotes, llamados a vivir en santidad, a interceder unos por otros y a proclamar las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable (Hebreos 4:14–16; 1 Pedro 2:5,9; Efesios 2:18; Apocalipsis 1:6).

Artículo 111

Creemos que este sacerdocio de los creyentes nos llama a ofrecer nuestra vida como sacrificio espiritual a Dios: en oración, adoración, servicio y buenas obras. Todo creyente participa activamente en la edificación de la iglesia y en la misión de anunciar el evangelio al mundo (Romanos 12:1; Hebreos 13:15–16; Gálatas 6:9–10; Colosenses 3:17).

Artículo 112

Creemos que Cristo ha establecido en su iglesia líderes para servir y pastorear a su pueblo. Los pastores/ancianos varones tienen la tarea de enseñar y guiar espiritualmente, y los diáconos sirven en las necesidades prácticas. Estos ministerios no reemplazan la mediación de Cristo ni confieren gracia por sí mismos, sino que son dones de Dios para el cuidado y la edificación de la comunidad (Efesios 4:11–12; 1 Timoteo 3:1–13; Hechos 20:28; 1 Pedro 5:2–3).

Artículo 113

Creemos que esta doctrina nos guarda de buscar en los hombres lo que solo Cristo puede dar, y nos recuerda que tenemos plena confianza de entrar en la presencia de Dios por la sangre de Jesús. Él es nuestro gran sumo sacerdote y siempre vivirá para interceder por nosotros (Hebreos 10:19–22; Romanos 8:34; Juan 14:6; Apocalipsis 5:9–10).

Dones del Espíritu y su Vigencia

Artículo 114

Creemos que el Espíritu Santo distribuye dones a cada creyente según su voluntad, para la edificación del cuerpo de Cristo y para el servicio en amor. Ningún don es para la exaltación personal, sino para fortalecer a la iglesia y glorificar a Dios (1 Corintios 12:4–7, 11; Efesios 4:11–12; 1 Pedro 4:10–11; Romanos 12:6–8).

Artículo 115

Creemos que en la iglesia primitiva el Espíritu obró también con dones extraordinarios, como señales visibles para confirmar el testimonio apostólico y la revelación de la Palabra. Aunque entendemos que estos dones tuvieron un lugar particular en los comienzos de la iglesia, afirmamos que el Espíritu Santo sigue obrando con poder y libertad, y que todo debe ser probado a la luz de la Escritura (Hebreos 2:3–4; Marcos 16:20; 1 Tesalonicenses 5:20–21; 1 Juan 4:1).

Artículo 116

Creemos que la autoridad final para la iglesia no está en nuevas revelaciones ni en supuestos profetas o apóstoles modernos, sino únicamente en la Palabra de Dios escrita. Ningún mensaje ni experiencia puede añadirse a las Escrituras ni contradecirlas (2 Timoteo 3:16–17; Deuteronomio 13:1–4; Apocalipsis 22:18–19; Gálatas 1:8).

Artículo 117

Creemos que todo uso de los dones debe realizarse en orden, para edificación y en amor, evitando la confusión y el desorden. La mayor evidencia del Espíritu en la iglesia no son las manifestaciones externas, sino el fruto de una vida transformada en santidad, obediencia y amor fraternal (1 Corintios 14:26-28, 33, 40; Gálatas 5:22–23; Juan 13:34–35; Efesios 4:3).

Artículo 118

Creemos que, aunque existen diferencias entre cristianos sobre la vigencia de ciertos dones, todos coincidimos en que el Espíritu Santo sigue edificando, consolando y capacitando a su pueblo. Por eso vivimos agradecidos, ejercitando los dones que hemos recibido para servir con humildad y unidad en la iglesia (Romanos 12:4–5; 1 Corintios 12:27; Efesios 4:15–16; Colosenses 3:1